El sargento Thompson (Guy Pearce) salta por los aires tras un error fatal.
He vuelto con fuerza y con ganas de guerra. Y nunca mejor dicho porque la protagonista de esta reseña es la triunfadora en la pasada gala de los Oscar 2010, The hurt locker (Kathryn Bigelow, 2008).
Lo primero de todo es darle el reconocimiento que se merece por derrotar contra todo pronóstico a la megaproducción de James Cameron, Avatar(2009) - dejemos el morbo y el cotilleo de lado, por favor. No puedo establecer comparaciones puesto que me resisto, pese a todo, a visionar cualquier cosa que tenga que ver con Pandora, pero me alegro en cualquier caso de que Bigelow haya sido la primera mujer en recibir un Oscar a la mejor dirección y con una película que, a simple vista, parece polémica. Sin embargo, no lo es. Y puede que éste sea su peor fallo.
Aviso de spoilers.
Pero empecemos por el principio y seamos justos. The hurt locker nos habla de un determinado grupo de soldados, la compañía Bravo, que se dedica a desactivar bombas en Iraq. Desde el primer momento se nos informa de que no les quedan muchos días para finalizar su misión, sin embargo las cosas cambian cuando un ¿error? provoca la muerte del sargento Matt Thompson (Guy Pearce). Es en ese momento cuando llega el sargento James, una especie de loco temerario que no parece asustarse ante nada pero que, sin embargo, actúa bajo patrones bastante lógicos, como cuando afirma ante una bomba de enorme potencial destructivo que el traje protector sólo le sirve para trabajar incómodo porque si estalla morirá de todos modos. Pero sus compañeros, el sargento Sanborn y el especialista Eldridge, no lo ven así. Y éste es uno de los hilos argumentales de la historia: ¿hasta qué punto deben obedecerse las órdenes de un superior cuando éste rechaza cualquier tipo de norma?
Así, asistimos a un tira y afloja entre James y Sanborn (Eldridge pasa prácticamente de todo, que bastante tiene con lo suyo) que no deja de lado la camaradería: James demuestra que es un gran tipo, un poco loco, sí, pero que sabe cuidar de los suyos a su manera.
Con esta historia, y éste es otro de los hilos argumentales, Bigelow nos muestra cómo la acción y el peligro pueden dar lugar a una adicción a la adrenalina, tan potente como cualquier droga. El sargento es la prueba de ello y el espectador comprueba cómo no duda en sacrificar el resto de su vida por poner a salvo la de otros, sean compatriotas o no.
Y es aquí donde hallo el punto débil de la película que, por otro lado, está bien realizada, de forma casi documental, con cámara al hombro trepidante, iluminación natural y efectos especiales muy reales. Porque lo fácil es mostrar a los norteamericanos en Iraq cual elefantes en una cacharrería, siendo juzgados por los habitantes de un país que asisten a la desactivación de las bombas con las cejas enarcadas, que se comportan como héroes que tratan de salvar el mayor número de vidas posible y que no dudan en morir si la misión lo requiere. Lo cómodo es ser complaciente con los tuyos, mimarles con ternura, y tratarles como una madre que presume de hijos ante las vecinas. "Pues mi hijo desactiva bombas en un país lejano, para que luego digan que si invasión, que si tal, que si cual".
Pues no, Mrs. Bigelow, lo suyo hubiera sido ganar un Oscar con un film políticamente incorrecto, con el que se metiera el dedo en la llaga de los EE. UU. mostrando la barbarie en un país destrozado, humillado y dejado a su suerte, por muchas bombas que se desactiven, que eso no lo pongo en duda. De haberlo hecho así, el mérito sería enorme y la película quedaría en el imaginario colectivo, cosa que no sucederá porque, como me pasa a mí misma, estas imágenes se olvidan pronto pese a la crudeza de alguna de ellas.
Pero hay más cosas que me molestan, como por ejemplo las secuencias interminables (el momento en que abaten al especialista y, hasta que lo rescatan, se me hizo eterno; o las escenas en las que se muestra la humanidad de James que, aunque necesarias para entender el complejo carácter del protagonista, se antojan ñoñas y excesivas) o esos cameos innecesarios ya que tanto Guy Pearce como Ralph Fiennes mueren a la primera de cambio (por no hablar de Evangeline Lilly que no sé muy bien qué pinta en esta película). Nunca he entendido esta forma de actuar que no deja de ser un truco barato para conseguir el favor del público (y con esto me refiero a lo cameos de milésimas de segundo).
El trasero de Ralph Fiennes que es, básicamente, todo lo que nos muestra en la película.
Pese a todo ello (no entiendo la mecánica de los Oscar, señores, qué se le va a hacer) he de reconocer que la película me entretuvo (aunque le falte tensión), y que si algo disfruté en la butaca fue gracias al trabajo de los actores. El mérito es de gente como Anthony Mackie, Brian Geraghty y, muy especialmente, Jeremy Renner, al que ya conocíamos por su excelente trabajo en En tierra de hombres (Niki Caro, 2005).
El sargento James (Jeremy Renner) haciendo de las suyas.
Una película más de guerra, desde otro punto de vista si quieren, esa es la conclusión a estos pensamientos. Lo único que la hace distinta es que sus artífices han recogido varios Oscar. Qué se le va a hacer.
Una foto para dejar constancia del agravio de nacer en una clase de segunda. Una foto como souvenir para aquellos que no se lo quieran creer.
Con motivo del fallecimiento de uno de los nuestros, uno de los grandes, Miguel Delibes, se emitió una de las 10 adaptaciones que de su obra se han hecho, y una de las mejores películas del cine español de todos los tiempos. Los santos inocentes, realizada por Mario Camus en 1984, es tan especial que es pensar en ella y comenzar a experimentar muchas emociones. Así que me dispuse a verla por tercera o cuarta vez (y las que quedan).
No he leído el libro (supongo que lo haré en algún momento), así que no puedo saber si la adaptación es correcta pero me fío de la palabra del maestro que dio el visto bueno a la película e, incluso (y según contaba Alfredo Landa en Versión Española, durante el coloquio de un día de 2006), a los actores que encarnan los tipos que recrea en su libro. Una novela rural, de costumbres, característica que el autor pucelano hizo propia a lo largo de su obra, con unos personajes muy definidos y contrapuestos, marcando la diferencia de caracteres que nos podemos encontrar a lo largo de la vida, creando un pequeño universo perdido de la mano de Dios.
Sin embargo, al principio de la película se nos hace partícipes de la localización de la historia. Ésta se desarrolla en Zafra, como bien vemos en el cartelón de la estación, desde la que, como si de un homenaje hacia la entrada del tren en la estación de la Ciotat de los Hermanos Lumière se tratase, vemos llegar el tren que ha de traer de vuelta a Quirce, el primero que nos muestra su visión de los hechos. Porque la historia, lejos de ser lineal y simple, está estructurada a través de una serie de flash backs según los recuerdos de cada uno de los miembros de la familia de Paco el bajo. Bueno, todos no, porque lo que Régula piensa no lo vemos, quizás porque sus miradas y silencios sean demasiado evidentes en todo momento. No lo sé, pero siempre me he preguntado el porqué. Quirce y Nieves son los hijos, junto con la niña chica, que huyen del cortijo en cuanto pueden, y no se lo podemos reprochar en ningún momento, aunque sí las actitudes hacia sus padres. Cada vez que veo cómo el chico se marcha de nuevo sin despedirse de su padre, tal vez para no regresar nunca, me hierve la sangre en las venas. No lo puedo comprender pero su carácter es así. Nieves es igual de callada pero parece ser más cumplidora con sus progenitores; sin embargo también prefiere cambiar de aires y marcharse a la ciudad en busca de una vida mejor. La pregunta que siempre me viene a la mente es si reniegan de sus padres, si se avergüenzan de todo lo que han pasado y habrán de pasar.
Paco el bajo. Landa definía su actitud y la del resto de la familia (Régula y Azarías) como amor, el más puro de todos. Y sólo así ésta es comprensible, sólo así podemos entender que no reaccione ante todos los desplantes que recibe del señorito Ivancito, desagradecido donde los haya. Habrá de ser Azarías, con su "miaja inocencia" el que haga justicia al fin, lo que todos deseamos suceda desde el inicio del film. Tanta miseria consentida, tanta desgracia junta, tanta tristeza engarzada en las miradas no es comprensible para aquel que sigue la historia de esta familia desde el sofá de su casa.
Azarías, el mayor de los inocentes, el mayor de los valientes.
Creo que la historia es harto conocida por los lectores que aquí se asoman por lo que no quisiera contar nada más, evitando colgar el habitual cartel de spoilers. Decir que se trata de una confrontación entre clases sociales donde los poderosos ejercen su mando con tiranía y los desafortunados acatan sin límites. Sólo comentar un par de datos, entre los que quiero destacar la labor actoral. Ayer pensaba en cómo un actor puede estar sublime en una película y en otras no destacar tanto y llegué a la conclusión de que esto depende de muchos factores pero el más importante es, sin duda alguna, el director. Mario Camus hace una excelente labor de dirección de actores en la película y ellos responden con maestría, regalándonos interpretaciones inolvidables. Paco Rabal, Alfredo Landa, Terele Pávez (¡qué porte, señores!), Juan Diego, Agustín González (cómo le echo de menos...), Mary Carrillo... Todos hacen de sus papeles pura verdad logrando extraer exclamaciones de rabia mal contenida en quien estas líneas escribe. Es tan bueno su trabajo que consigue que nos alteremos ante las injusticias y atropellos que se cometen contra los pobres desheredados de la tierra. Al visualizar el título de Fin sólo cabe alzarse del asiento y aplaudir. ¡Bravo!
Y qué decir de la fotografía maravillosa, como siempre, de Hans Burman. Son esas luces y sombras, esos amaneceres cubiertos de niebla, esas carreras alegres en los juegos de Azarías las que ofrecen el contexto necesario a la hora de imaginar a los personajes que pueblan el cortijo y sus alrededores, hasta llegar a La raya, lugar maldito donde se aparta a aquellos que no se quiere cerca más que para ordenarles hasta llegar al absurdo, a lo irracional de un hombre que se sabe superior por no sé cual ley natural.
La película es magistral, sin duda alguna. También sé que la materia prima lo era ya. Y hoy ya no contamos con su autor. Descanse en paz, Miguel Delibes.
Hace algunos meses me hablaron de una nueva adaptación de una novela de prestigio, La carretera, escrita por el PulitzerCormac Mccarthy en 2006. Por las explicaciones que me dieron (no había leído el libro) me pareció que tenía un argumento interesante y me gustó el hecho de que fuese una historia pequeña (en el buen sentido de la palabra) protagonizada por Viggo Mortensen. Y ahí quedó la cosa.
Pasó el tiempo y estrenaron la película realizada por John Hillcoat (2009) y yo seguía sin haberme leído el libro. Y decidí que no la vería hasta que no lo hiciera. Por primera vez en mi historia este factor de desconocimiento del material previo me parecía una ofensa para la obra y para mí misma, así que me compré el libro (no podía esperar a verlo en un estante de la biblioteca cuando sabía que el best seller sería devorado una y otra vez por ávidos lectores) y, feliz por comprobar su escaso número de hojas, me dispuse a leerlo con ganas.
Y me alegro de haberlo hecho por dos motivos, principalmente: el primero, porque disfruté con su prosa, mucho, y me emocioné, más aún, con la historia (ya no es tan pequeña, ahora es inmensa); el segundo, porque ahora puedo juzgar la película con más autoridad, si es que se puede considerar que tengo tal.
McCarthy ideó una distopía trágica y profunda al narrar el fin del mundo y la lucha de algunos supervivientes que no cejan en su empeño de aferrarse a la vida por muy dura que ésta sea. El trabajo del escritor norteamericano es brillante a la hora de describir la terrible situación de un padre y su hijo perdidos de la mano de Dios en un mundo gris y ceniciento, donde el ser humano ha sido despojado de la poca humanidad que le quedaba, donde los instintos de supervivencia han borrado todo atisbo de racionalidad, donde los padres son caníbales para los suyos, donde el mundo se derrumba al paso de los pocos que resisten. La visualización de lo que en la novela se narra resulta realmente fácil para el lector (por lo menos en mi caso así fue) y, a pesar de que el padre ya tenía el rostro de Viggo Mortensen, pude recrear en mi mente todas y cada una de las situaciones que allí se narran.
Pues bien, tras haber quedado satisfecha con la lectura, comprenderán ustedes que las ganas de ver la película eran poderosas en ese momento. Así que me dispuse a acudir al cine a horas intempestivas con el fin de no ser perturbada por nada ni nadie, me acomodé en la butaca elegida y me dispuse a disfrutar. Y ya lo creo que así fue.
Lo que un padre está dispuesto a hacer por un hijo (Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee).
Lo primero que quiero destacar es la maravillosa fotografía. Javier Aguirresarobe, orgullo del cine patrio, hace un trabajo excelente a la hora de ilustrar una tierra apocalíptica. Los tonos ceniza que consigue con su pericia de artesano curtido a base de buen hacer casan a la perfección con aquellas imágenes mentales. La puesta en escena es realmente creíble, al igual que la caracterización de los actores, y la desolación hace acto de presencia desde el primer fotograma, logrando que el espectador se encoja un poco en su asiento.
La adaptación del texto (labor efectuada por Joe Penhall) consigue que lo que se encoja por momentos sea el corazón. La fidelidad es mucha (la historia sigue una linealidad clara a partir de los sucesos en el tiempo, siendo interrumpida por determinados sueños del padre a modo de flash backs, útiles a la hora de situar al espectador, de igual manera que sucede en la novela) a pesar de algún pasaje que en el libro está menos dibujado y que considero innecesario por su buscado efecto lacrimógeno (y porque sino Charlize Theron iba a cobrar por nada en absoluto). Y no hay nada que objetar más allá de que el inicio de la película se antoja apresurado. Pero entiendo la intención del director puesto que en la novela se suceden pasajes iguales (algo correcto y perfectamente comprensible puesto que en ese mundo todos los días lo son) y el peligro de aburrir al espectador era obvio (aunque a mí me hubiese gustado. Ya saben que soy de las que disfruta viendo crecer la hierba).
El trabajo actoral también es reseñable. Viggo Mortensen parece haber nacido para meterse en papeles difíciles, personajes de caracteres rudos y violentos (cuando han de serlo), ariscos pero honestos y leales, y aquí no hace una excepción. Su encarnación como padre protector de los suyos, sobrepuesto (a la fuerza) a la tragedia de no saber retener a la mujer que ama porque las cosas vienen mal dadas y ha de ser fuerte para acompañar a su hijo hacia el lugar que considera mejor para salir adelante. Un hombre íntegro, que ha de "llevar el fuego" hasta el final. Y un hijo, interpretado por Kodi Smit-McPhee, que no se queda atrás y que aprende a luchar por su vida (a la fuerza pero así es). El pequeño le da la réplica a Mortensen con soltura y no se arreda ante un Robert Duvall prácticamente irreconocible y que da vida (es un decir) a uno de los personajes que se encuentran a lo largo de su tormentoso periplo hacia el sur. Él es Eli, el único personaje que tiene un (significativo) nombre.
La historia que se nos cuenta, en el libro y en la película, es desmoralizante a ratos (digamos que se trata de un experimento para comprobar como reaccionaría nuestra sociedad ante una situación extrema y el resultado, además de previsible, no es nada halagüeño) pero también reconfortante porque pone de manifiesto que hay lazos que jamás se rompen. Una película recomendable, sin duda, pero no dejen de leer. Antes o después. Lo mismo da.
A modo de posdata les indico, queridos lectores, que si lo desean pueden hacer sus aportaciones en forma de comentarios acerca de películas como Precious, Celda 211, An education, La mujer sin piano, The lovely bones... ya que no creo que haga reseña de las mismas por falta de tiempo-fuerzas-ganas, como quieran llamarlo. Sin embargo, sepan que entraré gustosamente al trapo, lo saben de buen píxel, si me consideran candidata para sus debates. Mañana más.
Una muestra del respeto (¿tal vez miedo?) de los hijos para con sus padres.
Michael Haneke tiene la virtud de conocer al ser humano, de poder ahondar en sus más escondidos misterios, de llegar a las profundidades de su alma, y mostrarlo tal y como es. Máscaras fuera.
¿De qué se trata en esta ocasión? Después de la estupenda Caché(ya reseñada en este blog) - sin considerar el remake yanqui de Funny Games (2007) -, el cineasta alemán vuelve a la carga con una historia pequeña, ambientada en la Alemania previa a la I Guerra Mundial, y con una minúscula población como protagonista.
Aviso: SPOILERS
Con la paciencia necesaria y con un dominio preciosista de la narración, nos va introduciendo en la sociedad cruel e inflexible en la que viven los habitantes de este pueblo maldito. Una estricta moralidad judeocristiana impregna la vida en todas sus facetas y los dirigentes se rigen por la normas de lo virtuoso y lo correcto a los ojos de Dios (dirigentes entre los que excluyo al maestro, testigo de excepción y narrador en off de la historia, por no hacer una radical interpretación de dichas normas).
Cuando la respresión es desmedida, cuando las gentes actúan de determinada forma sólo por miedo a las consecuencias, cuando no se puede protestar ante un cacique inflexible, un pastor tirano y cruel o un maestro pusilánime, es entonces, tras mucho aguantar, cuando la rebelión estalla y del modo menos esperado. Se suceden "accidentes" entre las gentes del pueblo: cables en medio del camino y palizas terribles que nos ponen en la pista de quiénes son los responsables. Lo mejor de todo es que Haneke consigue que no se lo tengamos en cuenta, aunque sea algo totalmente deleznable, porque sabemos que los verdaderos culpables de que todo ello suceda son otros, con sus reglas y su virtud mal entendida. Así es, podemos ponernos en la piel de los salvajes, aquellos que todavía no están capacitados para ofrecer una respuesta racional ante el sufrimiento. Y ahí radica la maestría del cineasta, que no permite que emitamos un juicio sin haber escuchado a todos los testigos. Y que se limita a mostrar realidades extremas, sí, pero posibles al fin y al cabo.
Uno de los portadores de la humillante cinta blanca.
Salimos de la sala 2 sin respuestas pero con muchos interrogantes que resultan saludables para nuestra mente. En mi caso no me importa que queden cosas sin resolver, eso es lo de menos. Lo verdaderamente importante es la disección del ser humano a la que asistimos como espectadores privilegiados, a través de unas imágenes que rezuman belleza y poesía (me pareció magnífica la escena de la campesina muerta, con un encuadre perfecto, una imagen que no encuentro en ninguna parte).
Ese blanco y negro que tanto ha llamado la atención entre la crítica, especializada o no, da lugar a la muestra de nevados paisajes hermosísimos y a una veracidad buscada. Haneke afirma haber rodado así porque le apetecía y porque de esa época sólo tenemos testimonios sin colorear. Es más, se sabe que el casting estuvo marcado por la búsqueda de actores que tuviesen cara de principios de siglo XX (no hay más que ver a Christian Friedel caracterizado como el maestro de escuela para darse cuenta de ello). He de decir que, además de parecer transportados por la máquina del tiempo, todos ellos, niños incluidos, hacen una labor estupenda.
Ni siquiera con actos bondadosos el reverendo se muestra cariñoso con sus vástagos.
Una vez más asistimos con horror a la presentación de una violencia que apenas se ve pero que se siente como si fuésemos los propios agredidos. Se podría decir que es la firma de autoría de un director que se complace en mostrar con contundencia una sociedad que en este caso se ve envuelta en los inicios de una guerra, un dato que no me parece excesivamente relevante, ya que lo que aquí sucede se podría inscribir en muchos otros marcos, históricos o no, porque, no lo olvidemos, Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit (Plauto), aunque en este caso el problema es que todos nos conocemos bien.
Y aprovechando que también he visto en estos días El manantial de la doncella (Ingmar Bergman, 1960), me gustaría hacer un comentario acerca de la similitud entre ambos films puesto que mi mente se ha puesto a funcionar y halla parecidos más que razonables. Si la estética es muy semejante, las claves del argumento parecen aproximarse igualmente. Veamos: dos comunidades pequeñas y enclavadas en el ámbito rural se ven trastornadas por unos terribles sucesos que ponen en entredicho sus creencias religiosas. La brutalidad y la crueldad marcan el devenir de los hechos, por los cuales siempre acaban pagando los que menos culpa tienen, y las reacciones posteriores. Sin embargo, mientras Bergman continúa en su línea de culpar a Dios (o más bien a aquellos que creen en Él, ya que el cineasta siempre se preguntó acerca de su existencia), Haneke se queda en lo puramente terrenal y, aunque sabe que las reglas comunitarias están marcadas por la ley divina, propone la mala interpretación o el llevarlo todo al extremo como la causa más probable. Dos visiones particulares de la naturaleza humana y de los porqués de su actuación. Ambas válidas y con resultados estupendos. No me voy a extender en un análisis profundo de El manatial... pero se la recomiendo enfervorecidamente, como todo aquello que lleve el sello de Bergman. Como todo aquello que lleve el de Haneke. Disfruten.
Carol y The Bull proclaman a Max como rey de los monstruos en las ilustraciones de Sendak.
En 1963 Maurice Sendak publicó Donde viven los monstruos (Where the wild things are), uno de los cuentos infantiles más estimados en la literatura contemporánea. Con escasamente 40 páginas y unas magníficas ilustraciones propias, el autor consiguió crear un mundo onírico en donde los niños malos pueden rebelarse a placer y hacer de las suyas rodeados de sus nuevos amigos: los monstruos.
Spike Jonze tenía interés en adaptar el pequeño cuento a la pantalla cinematográfica y lo ha conseguido. Y de qué manera.
Jonze es conocido por crear películas alucinantes y alucinadas en la línea de Cómo ser John Malkovich - ¡Malkovich, Malkovich! - (Being John Malkovich, 1999), película que muestra un universo muy peculiar creado para lo ocasión por Charlie Kaufman. En este caso, Jonze se ha valido de la ayuda del propio Sendak y de la de Dave Eggers para crear un guión inspirado en el libro y desarrollado con maestría. El cineasta utiliza el texto como punto de partida para crear una historia repleta de valores morales y con una enseñanza clara: aunque las cosas no sean como uno quiere hay mejores maneras de llegar a un entendimiento sin tener que pisar el peligroso terreno de lo irracional.
Max es un niño triste, que se siente menospreciado por su familia rota. Su madre no le presta toda la atención que debiera y su hermana está en esa edad en que los hermanos pequeños sólo molestan. El pequeño se rebela de la forma más imprevisible y, dando rienda suelta a su imaginación, se refugia en aquel lugar donde viven los monstruos, que ellos sabrán comprenderle mejor. Pero estos monstruos también tienen problemas y, al igual que Max, no siempre se sienten bien. Cuando el recién coronado rey se dé cuenta de que las cosas no son tan sencillas, de que a veces su comportamiento no es el adecuado, estará preparado para afrontar su vida con otra mirada.
Para dar forma a este mundo imaginario, Jonze se ha basado en las ilustraciones de Sendak y ha creado unos monstruos maravillosos, con caracteres prototípicos que no son sino la visualización del complejo carácter del protagonista. Para ello se han utilizado dos técnicas, la de la animación a través de actores que se meten en la piel peluda de los personajes, y la de la animación digital, con el fin de dotar a sus rostros de expresiones complejas. Las voces corren a cargo de gente como James Gandolfini (Carol) o Paul Dano (Alexander). Para interpretar el papel de Max se escogió a un chico que demuestra una gran madurez a la hora de interpretar un papel que resulta complejo. Max Records debuta con un gran trabajo en todo momento, volviéndose loco cuando ha de hacerlo (qué grandes momentos salvajes) y dando cuerpo a una reflexión dura para un niño.
Max y sus nuevos amigos miran la puesta de sol desde su recién construido hogar.
Uno de los elementos más impresionantes de la película, y que ayuda a crear la sensación de lugar mágico, es la fotografía de Lance Acord. La imagen previa sirve como muestra para comprobar cómo juega con la luz natural para crear escenas impactantes y realmente hermosas. Con las caminatas por el desierto, con ese perro que parece extraído de La historia interminable (Die unendliche Geschichte, Wolfgang Petersen, 1984), las carreras por el bosque o la navegación en el pequeño bote se han conseguido imágenes magníficas. Son destacables también momentos en los que Max Records es absoluto protagonista de los planos, unos planos que conjugan esa luz cálida con la candidez de su rostro, con un resultado que más parece una oda al pequeño actor que una película de monstruos.
Max Records, vestido de monstruito, juega con Spike Jonze.
Y si todo esto lo acompañamos con una BSO de lujo, interpretada por Karen O and the Kids, para qué queremos más.
No se trata de una película de niños, es más, visto lo visto, ni siquiera creo que le guste a los más pequeños. Pero los mayores disfrutamos horrores con ella, nos emocionamos mucho y, en ocasiones, dejamos escapar una pequeña lágrima. Son directores como Jonze o el también creativo Gondry los que lo logran. Y nosotros nos dejamos hacer porque también queremos ser monstruos, aunque sólo sea por unos minutos.
Aquí os dejo la reseña de Capitalismo: una historia de amor (Michael Moore, 2009). Algunos ya sabéis lo que esto significa. Otra vez será.
Cuando la fórmula funciona no parece necesario modificar nada. Michael Moore lo sabe y con un simple cambio de guión, yendo de lo particular a lo general - desde el cierre en Flint de la planta de General Motors mostrado en Roger and me (1989) hasta la película que nos ocupa -, nos ofrece un nuevo documental, ahora tratando de meter el dedo en el ojo de aquellos que gobiernan el sistema económico de los EE. UU.
Más de lo mismo encerrado en un formato idéntico, con esa voz en off que interpela al espectador aguardando que éste se una a sus filas de rebeldes con causa, un montaje ingenioso de imágenes de archivo, entrevistas oportunas, asaltos a mano cuasi armada y una banda sonora seleccionada con acierto. Con algún toque de ironía, ciertos momentos que rozan el ridículo (sus intervenciones no pasan de ello) y, sobre todo, mucho dramatismo que pretende enrojecer los ojos del espectador, Moore trata de analizar lo que él considera la madre de todos los males de la sociedad estadounidense. Sin embargo, parece que la lucha (y su presencia en pantalla) se va difuminando con el paso del tiempo y aquel que anteriormente se apostaba inflexible frente a las puertas de Wal - Mart (Bowling for Columbine, 2002) hoy ya no es capaz más que de delimitar la escena del "crimen" con una cinta policial.
Michael Moore haciendo de las suyas.
Moore, autodesignado como ruidosa conciencia social, es consciente de que provoca tantas simpatías como odios pero no por ello ceja en su empeño de mostrar al mundo realidades denunciables que quizá se queden en una mera crítica cuando está claro que el espectador se merece un análisis mucho más profundo. Sin embargo, si el ánimo lo permite, ese barniz crítico que se da a la actual situación económica puede provocar una profunda reflexión por parte del espectador, algo a lo que apela el cineasta que no gusta de un público pasivo. Tal vez parezca demasiado simplista por su parte, tal vez sea un hilo del que seguir tirando pero, aunque una salga de la sala pensando que tampoco ha visto nada nuevo, las más de dos horas se pasan volando gracias al ingenio del irónico cineasta bien arropado por un eficiente equipo de documentalistas y montadores.
Pura alabanza hacia Obama, presunta reencarnación de Roosevelt y nuevo "mesías"; entretenimiento y provocación a partes iguales en una receta que sigue siendo provechosa pero que no acaba de convencer.
Un último apunte: atención al cartel del film. No consigo saber quién es el autor pero supongo que será el mismo que hizo el diseño para In the loop (Armando Iannucci, 2009) y Burn after reading (Ethan y Joel Coen, 2008). Nuevos diseños para nuevos tiempos.
Nunca es demasiado tarde para una reconciliación con el cine argentino.
Gracias a películas como El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009) no resulta difícil dejar de lado juicios preconcebidos y olvidar por un momento por qué había dejado de ver este tipo de cine, y digo tipo, porque para mí se había convertido en un subgénero empalagoso y reiterativo que me quitaba las ganas de ver cualquier cosa que se asimilase a nombres como Héctor Alterio, por poner un ejemplo claro como el agua.
Lo cierto es que las críticas leídas y escuchadas me daban ánimos para acercarme a la sala 9 (dos veces en una semana parece mucho, pero así es) y de esta manera hice. Y no me he arrepentido (nunca lo hago), vaya que no.
Empecemos por la parte técnica, lo más evidente siempre y que en mi caso, ha de atraparme con fuerza, en caso contrario la mente empieza a vagar por entre las butacas y el propósito del film no se lleva a cabo. La fotografía es magnífica, con saturaciones de colorido y una planificación de planos y contraplanos, en ocasiones realmente trabajados, que hacen que el visionado sea un placer para la vista. Movimientos muy estudiados también, como el increíble plano secuencia del campo de fútbol, escena trepidante que anima un ritmo próximo al más puro film noir.
Plano secuencia en el campo de fútbol. Tremendo.
El oído también se siente regalado por la estupenda banda sonora de Federico Jusid, muy ajustada a la temática, envolvente cuando la historia lo requiere y ausente cuando no es necesaria.
Los actores, qué decir de unos actores que hacen suyos los personajes desde el primer minuto de la película. Y no sería justo destacar a Ricardo Darín, a pesar de merecer todos los halagos, cuando el plantel al completo rezuma verdad. La complicidad entre el propio Darín, Villamil y Francella (qué grandes las salidas de Sandoval. Las risas se sucedían entre los espectadores, y con razón) logran que el espectador salte sin red y se zambulla en una historia hilada con precisión. Pero este apunte ya entraría dentro de otro apartado y no quiero cerrar las alusiones al trabajo actoral sin mencionar a Javier Godino, aborrecible asesino que llegó a provocar la náusea en la que esto escribe. Gran estreno para el joven actor madrileño que pronto pasará de las series televisivas a ser reclamado para la gran pantalla. Al tiempo.
Isidoro Gómez (Javier Godino) haciendo pasar miedo a los protagonistas.
Nunca es demasiado tarde.
Éste podría ser el lema que resume la película y que se repite en varios momentos. Una historia marcada por la resolución a tiempo de conflictos personales de toda índole, desde los particulares hasta los amorosos, pasando por odios y redenciones personales. Espósito es capaz de volver su azul mirada hacia el pasado y retomar una historia irresuelta de sus tiempos en el Juzgado Penal. Sus inicios como escritor prometen tras la jubilación. Irene se enfrenta a un amor que no pudo ser por miedo, por no saber reaccionar a tiempo. Afortunadamente, y a pesar del tiempo pasado, donde hubo fuego quedan rescoldos, y la historia puede resolverse con un final feliz. Morales logra saldar una deuda a su manera, pudiendo quedar en paz si es que se puede tras haber perdido al amor de su vida. Y Sandoval se redime de sus pecados dándolo todo por el único amigo que es capaz de respetarle.
Amor, crímenes y venganzas en un mundo jurídico al que se quita hierro con mucho humor, inmerso en los cambios de la Argentina de finales de los años 70.
Irene (Soledad Villamil) y Benjamín (Ricardo Darín). Porque nunca es demasiado tarde.
Un juego de historias enlazadas gracias al buen hacer de Campanella que, jugando con el recurso del flashback, es capaz de llevar a cabo una de las mejores adaptaciones cinematográficas vistas por mí a partir de la obra de Eduardo Sacheri (La pregunta de sus ojos, 2005). La labor del cineasta argentino es tan buena que, elaborando un guión junto con el propio Sacheri, es capaz de que el espectador perciba una obra que es leída en imágenes. Tal vez no sepa cómo explicarme ante una sensación que no había tenido previamente en lo que a visionado de películas se refiere, pero el hecho es que fue así. Y tras volver a ver un destrozo como es Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006), la comparación, siempre odiosa, hace que no pueda sino ensalzar El secreto de sus ojos. Porque para mí sucede lo mismo. Nunca es demasiado tarde.
Los asiduos lectores que se acercan a esta humilde morada sabrán del gusto de la que aquí escribe por el cine oriental. En esta ocasión debo hablarles de no una sino dos películas japonesas, muy interesantes a mi parecer. Llega el momento de que les explique el porqué.
La primera de ellas es Still walking (Aruitemo, aruitemo; Hirokazu Koreeda, 2008).
La historia de una familia cualquiera, con sus problemas y la falta de comunicación que tanto gusta a los cineastas orientales de las últimas generaciones (es sintomático que les preocupe tanto este hecho). Las relaciones entre padres e hijos nunca son sencillas pero si los impedimentos para el contacto pasan por el recuerdo de un hijo muerto, el mejor de los dos varones, y por la desilusión por no tener un vástago médico como el padre, las cosas se complican.
Me planteo la posibilidad de colocar en este punto unas mayúsculas rezando la consabida leyenda de spoilers, pero me doy cuenta de lo absurdo que sería. Koreeda no nos cuenta nada en especial. Ni lo pretende. Simplemente se vale de imágenes cuidadosamente enmarcadas e iluminadas, con encuadres que, en ocasiones, se quedan a ras de tatami, para mostrar realidades, momentos de reunión familiar como los que se dan en nuestras casas. Las mujeres preparan la comida mientras los hombres ayudan (los más jóvenes) o deambulan (el anciano patriarca) aguardando el momento de sentarse a la mesa.
Con escaso artificio nos muestra tradiciones y rituales propios de la cultura japonesa, como los momentos ante el cuidado altar erigido por el hijo perdido o las labores de preparación de la gastronomía nipona, y demuestra ser un buen seguidor del arte del gran Yasujiro Ozu. En ocasiones la realidad supera la ficción en interés. Y si los intérpretes dan la talla, huyendo de sobreinterpretaciones y amaneramientos, para qué queremos más.
La segunda película visionada es Despedidas (Okuribito; Yohiro Takita, 2008). Aunque emparentada en cierto modo con la anterior, debido a la alusión hacia la muerte de aquélla, Takita va más allá y convierte el tema en el argumento principal del film.
Con un protagonista, amortajador a su pesar, que recuerda en ocasiones al maravilloso Nino Manfredi en El verdugo (salvando las luengas distancias, claro está), se pone de relieve la importancia ceremonial que se otorga al momento de la muerte en Japón. Lo que comienza siendo prácticamente una comedia se torna belleza en estado puro y emoción desbordada ante los ultimos cuidados ofrecidos a los seres queridos.
El uso de los kimonos, el ritual de los baños públicos, la gastronomía, una vez más, la frialdad de los nipones ante los sentimientos (los abrazos de los protagonistas y la escena en la cocina, la más ¿torrida? de la película, me dejaron alucinada. Nunca me acostumbro a esa insensibilidad contrapuesta a nuestra cultura táctil)... Todo ello es mostrado con ese toque a medio camino entre la amargura de la muerte y la dulzura de unos sentimientos que acaban por aflorar.
De nuevo, la técnica al servicio de la historia, con una fotografía luminosa que se sirve de escenarios naturales para crear hermosas postales, con una dirección que se hace notar en determinados momentos, como para sacudir al espectador sutilmente, no vaya a ser que se introduzca demasiado en la hermosa narración.
Una vida que surge de entre las historias de los que se van. Una cinematografía, la japonesa, que resurge de sus cenizas. Dejémoslo estar. Siempre sorprendente. Siempre periferia.
Durante las últimas semanas he estado participando en un taller de crítica de cine organizado por la Comunidad de Madrid. Cada día una proyección y un debate con gentes de la crítica, unos días mejor y otros peor. Ayer cerramos el taller con la intervención de Alexander Zárate y Jordi Costa. Éste último siempre me deja fascinada. ¡Qué tío más lúcido y qué claro lo tiene todo!
A los asistentes se nos ha propuesto un concurso cuyo premio consiste en publicar una crítica en la Guía del Ocio. Para participar debíamos escoger una de las películas visionadas y hacer una pequeña reseña. Mi elección, Caché.
Cuando el público se enfrenta a una película de Michael Haneke suele estar prevenido. El concepto de sadismo a menudo se liga a su obra a pesar de que el propio autor lo rechace. Pero lo cierto es que tras ver historias extremas y dolorosas como las narradas en El vídeo de Benny (Benny´s video, 1992) o Funny Games (1997) se puede comprobar cómo el objetivo no es sino provocar incomodidad en el espectador.
Caché no es una excepción y cuenta con muchas de las premisas básicas de su cine. Una vez más, la historia de una familia es la excusa perfecta para mostrar carencias sociales. Con la alusión a la Guerra de Argelia de fondo, Haneke nos propone un juego voyeurista al que el espectador se presta sin valorar las consecuencias. El misterio a desvelar es demasiado suculento como para cerrar los ojos y, no lo podemos negar, cuando los sucesos ocurren en una familia como la de Georges, donde todo emana un halo de perfección, la curiosidad y el morbo son mayores.
El uso de un esquema simple, roto por un flashback onírico e imprescindible dado su contenido informativo, ayuda a marcar un tempo in crescendo que deja sin aliento. No se trata de un ritmo trepidante, que no es lo pretendido; Haneke consigue esta intensidad porque nos pone contra las cuerdas sirviéndose de un elemento que tan bien está funcionando a lo largo de su carrera: el mostrar las evidencias de la doblez humana. Nadie está a salvo ante su mirada, el cineasta parece conocer todos los secretos, por muy ocultos que éstos estén, y no duda en sacarlos a relucir aunque sea un ejercicio doloroso. Y logra que el espectador salga pensativo de la sala; remueve conciencias, sí,pero nos deja indefensos porque no ofrece solución alguna. Este demiurgo no juzga, no se implica, se limita a observar y mostrar acontecimientos de una forma un tanto desconcertante para el espectador. Al no intervenir, la sensación de realidad es tal que en ocasiones permanecemos sin saber la respuesta de alguna de las preguntas, como si estuviésemos espiando a través del ojo de una cerradura y nuestro objetivo se moviese constantemente sin dejarnos ver todo lo que sucede tras la puerta.
La acción discurre tranquilamente, sin prisas, y los personajes van mostrándose dejando de lado las máscaras bajo las que se ocultaban en un principio. La fotografía naturalista ayuda a crear la sensación de realidad buscada obviando artificios que no hubieran hecho sino estorbar.
Destaca el papel de Daniel Auteil que, aunque contenido al inicio, cada vez se muestra más desquiciado. El suyo es un personaje absolutamente ególatra, sin principios y cruel. Su evolución es nula y la conclusión,desoladora. No hay aprendizaje posible en un mundo hedonista donde sólo cuenta el bienestar. Se trata de la pretensión última de Haneke, la búsqueda de una reflexión que ha de producirse a la fuerza, porque somos sacudidos con una violencia tal que no podemos cerrar los ojos ante la realidad. Una vez más, el resultado es el ansiado.
Pues sí, gracias a May, ahora tengo un nuevo espacio donde volcar el producto de mi amor por el cine y la música. dMoove es una página web dedicada al baile y su blog está reservado para artículos varios sobre cine musical, espectáculos, danza...
Para que luego se diga que en agosto no se estrena nada decente y que la cartelera agoniza en el insoportable estío (este año lo está siendo). Pues no, señores. He de decir que en estos calurosos días he podido disfrutar de las mejores películas en lo que va de año. Y, siguiendo con la tónica habitual de los últimos meses, decido comprimir mis pensamientos y contarles de todo un poco.
Empiezo con Enemigos Públicos (Michael Mann, 2009), la crónica del último año de un John Dillinger bien interpretado por Johnny Depp. Ya saben de mi debilidad hacia el particular actor pero, siendo objetiva, he de decir que se trata de un currante solvente y versátil y su interpretación es impecable a la hora de mostrarnos la humanidad y lealtad de un criminal que se vengó de la sociedad de la peor forma posible.
Michael Mann se vale de una fotografía impresionante gracias a la cual, y en ocasiones, parece que se olvida de la historia que tiene entre manos y se dedica a regalarnos con planos maravillosos y movimientos trepidantes, con el peligro de caer en un esteticismo vacío (me encantó el plano del reflejo de los árboles en un pulido capó, imagen incompleta sin la famosa frase en off "¿Te gusta conducir?"). Las escenas del tiroteo en el bosque son magníficas pero en ocasiones provocan que el espectador se haga un lío tremendo con tanto actor corriendo, tanto abrigo maravilloso y tanto fogonazo en colores vivísimos (como se nota el vídeo, señores, y esto no me gusta nadita).
Pese a ello, la historia interesa (los años 30 y sus gangsters y malos malísimos siempre interesan) aunque se le achaque al director el que los personajes estén desdibujados. En realidad, éstos son meros puntales para mostrar el único personaje que interesa: Dillinger. Ni más ni menos. Ni siquiera Purvis, interpretado por un Christian Bale con cara de palo, merece más segundos en pantalla. El famoso asaltante de bancos se convirtió en una estrella mediática y lo demás no importa. Por lo menos, a mí no. Es por ello que me molesta la presencia de Billie que, aunque sé que es necesaria para mostrar esa otra cara de Dillinger, me resulta empalagosa y pesada.
En líneas generales la película es satisfactoria, el elenco de actores es realmente bueno y cuenta con una banda sonora magnífica (Ten million slaves, de Otis Taylor, es la canción más sensual que he escuchado en mucho tiempo. Me encanta) que, junto con la mencionada fotografía de gran calidad, depara buenos momentos al espectador, ya congelado en la nevera que utilizan a modo de sala en ciertos cines.
Sigamos con la provocación del año: Anticristo (Lars von Trier, 2009). En el anterior post les hablaba del experimento titulado Cinco condiciones como muestra del carácter del cineasta danés que en esta ocasión, y una vez más, demuestra sus paranoias personales. Anticristo es la catarsis absoluta para sus males.
Se trata de un ejercicio que, desde el punto de vista formal, es magnífico. Como ya viene siendo costumbre, la historia se divide en varios capítulos precedidos por un prólogo y cerrados por un epílogo. Y pienso precisamente en el prólogo cuando hablo de la forma, con esas maravillosas imágenes en blanco y negro acompañadas de la increible interpretación de Lascia che´io pianga del Rinaldo (Händel) interpretada por Tuva Semmingsen.
También son destacables las hermosas imágenes del bosque, cuando la "paciente" decide hacer caso a su psicólogo personal y da forma a sus miedos. Miedos adquiridos a partir de una experiencia en la naturaleza que provoca la locura, que no entendemos muy bien pero que está latente desde el inicio, algo de lo que el espectador se va dando cuenta según transcurren los minutos, y eso es lo grave. No puedo olvidar esa fotografía del pequeño calzado al revés, tal vez la imagen más terrible del film pese a las mutilaciones y la sangre que corre a chorretones por doquier (¡qué mal cuerpo, señores!).
Como si de un homenaje hacia de Bergman se tratase, Von Trier inicia la película mostrando la vida de una pareja que ha de superar una experiencia traumática, y la termina hablando de brujería, mujer y naturaleza, todo ello íntimamente entrelazado. La idea me parece interesante, sin embargo he de decir que la puesta en escena es un tanto brusca y se pasa de un inicio pausado, bien llevado a cabo, a un desenlace demasiado acelerado, sin transición alguna. Tal vez sea lo que el cineasta busca, pero pienso que de esta forma pierde la atención de un espectador que se queda con lo escabroso de las imágenes y no se molesta en ver más allá, en escarbar en la piel de ese personaje magistralmente interpretado por Charlotte Gainsbourg (Willem Dafoe no se arreda y demuestra, una vez más, que lo suyo son los caracteres complejos).
Me parece una película magnífica, con una factura impecable, con dos personajes de caracteres sumamente complejos (la tarea para el espectador se presenta ardua pero realmente interesante) pero, insisto, creo que necesita de un tempo más moderado, de un respiro hacia el espectador, de un final menos abrupto y de un epílogo menos carnavalesco (me sobran todas esas mujeres subiendo un monte que más bien parece un homenaje hacia el crístico Dafoe encaramado a su montaña y presto a recitar su sermón una vez más). Tal vez hiera susceptibilidades; yo creo que la locura humana no entiende de eso, actúa y no juzga. No lo hagamos nosotros, no nos quedemos en la superficie. El simbolismo va más allá y, como bien dice ese zorro propio de Saint - Exupéry, el caos reina.
Por último, quisiera hablarles de la última película perpetrada por Isabel Coixet: Mapa de los sonidos de Tokio (2009). Mediante una estética más propia de Won Kar - wai y de las yakuza que de ella misma, la cineasta nos introduce de lleno en el mundo japonés sin escatimar referencias que apestan a tópico y arrastrando a su paso homenajes que le suponen más un lastre que otra cosa.
Como digo, la cosa huele demasiado a referencias hacia autores de culto como el propio Wai, con imágenes calcadas y una banda sonora que pretende emular el buen gusto del chino y que se queda en meras versiones japonesas de clásicos de Edith Piaf (salvo la honrosa excepción de la canción de los títulos de crédito, muestra del buen hacer de Antony, una vez más).
A pesar de ello, se podría decir que la película resulta entretenida y sería hasta bonita si Sergi López no lo impidiese. Y no le echo la culpa a él, que conste, pero hay que decir que Rinko Kikuchi, con su juventud y su frialdad, se lo come con patatas en cada escena. Ella es lo mejor de la película y su personaje lo sería si no se transformase de forma tan radical y no sucumbiese de aquesta forma bajo el influjo del amor (¡qué tendrá SuperLópez que a todas encandila!). Porque esto es algo que queda realmente artificial: una asesina imperturbable, que no confía ni en su mejor y único amigo, se enamora de su próxima víctima en o,2 milésimas de segundo. No sé ustedes, pero yo no me lo creo y, es más, siento que me estan tomando el pelo.
Pese a todo, he de decir que pasé un buen rato en el cine, que estéticamente me gusta la película, que soy fan de Kikuchi desde que la descubrí en Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006) y que me reí mucho con la primera escena del sushi-bar y con esa interpretación de Enjoy de silence (Depeche Mode, 1990). Además no podía dejar de pensar en unas palabras de la directora aparecidas en la revista On Madrid el pasado 28 de agosto. Transcribo:
" ... Los comentarios tras Cannes no fueron muy buenos. Woody Allen ya me advirtió que nunca compitiese en un festival. Pero ya me lo imaginaba, me pusieron bien unas cuantas pelis y ahora toca ponerte mal. Me da igual, la crítica de cine no tiene base teórica."
Nada más que añadir salvo ¡¡¡JAJAJAJAJJAJAJAJAJAJAJAJA!!!
Como nota final, decir que, a pesar de haber visto Up (Pete Docter y Bob Peterson, 2009) y constatar que es una maravilla, no creo que vaya a aportar nada nuevo a lo que se ha dicho en otros blogs. Por eso me abstengo de comentar nada más allá de que no creo que haya manera más bella para contar toda una vida condensándola en unas pocas escenas. He dicho.