
Nueva reseña publicada en Plataforma21, esta vez dando caña al bueno de Jason Reitman.
http://www.plataforma21.com/02_cine/01.en_pantalla/up_in_the_air.htm
Sigo en ello.

Michael Moore haciendo de las suyas.
Moore, autodesignado como ruidosa conciencia social, es consciente de que provoca tantas simpatías como odios pero no por ello ceja en su empeño de mostrar al mundo realidades denunciables que quizá se queden en una mera crítica cuando está claro que el espectador se merece un análisis mucho más profundo. Sin embargo, si el ánimo lo permite, ese barniz crítico que se da a la actual situación económica puede provocar una profunda reflexión por parte del espectador, algo a lo que apela el cineasta que no gusta de un público pasivo. Tal vez parezca demasiado simplista por su parte, tal vez sea un hilo del que seguir tirando pero, aunque una salga de la sala pensando que tampoco ha visto nada nuevo, las más de dos horas se pasan volando gracias al ingenio del irónico cineasta bien arropado por un eficiente equipo de documentalistas y montadores.
Pura alabanza hacia Obama, presunta reencarnación de Roosevelt y nuevo "mesías"; entretenimiento y provocación a partes iguales en una receta que sigue siendo provechosa pero que no acaba de convencer.
Un último apunte: atención al cartel del film. No consigo saber quién es el autor pero supongo que será el mismo que hizo el diseño para In the loop (Armando Iannucci, 2009) y Burn after reading (Ethan y Joel Coen, 2008). Nuevos diseños para nuevos tiempos.
Isidoro Gómez (Javier Godino) haciendo pasar miedo a los protagonistas.
Irene (Soledad Villamil) y Benjamín (Ricardo Darín). Porque nunca es demasiado tarde.Un juego de historias enlazadas gracias al buen hacer de Campanella que, jugando con el recurso del flashback, es capaz de llevar a cabo una de las mejores adaptaciones cinematográficas vistas por mí a partir de la obra de Eduardo Sacheri (La pregunta de sus ojos, 2005). La labor del cineasta argentino es tan buena que, elaborando un guión junto con el propio Sacheri, es capaz de que el espectador perciba una obra que es leída en imágenes. Tal vez no sepa cómo explicarme ante una sensación que no había tenido previamente en lo que a visionado de películas se refiere, pero el hecho es que fue así. Y tras volver a ver un destrozo como es Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006), la comparación, siempre odiosa, hace que no pueda sino ensalzar El secreto de sus ojos. Porque para mí sucede lo mismo. Nunca es demasiado tarde.



Con un protagonista, amortajador a su pesar, que recuerda en ocasiones al maravilloso Nino Manfredi en El verdugo (salvando las luengas distancias, claro está), se pone de relieve la importancia ceremonial que se otorga al momento de la muerte en Japón. Lo que comienza siendo prácticamente una comedia se torna belleza en estado puro y emoción desbordada ante los ultimos cuidados ofrecidos a los seres queridos.
El uso de los kimonos, el ritual de los baños públicos, la gastronomía, una vez más, la frialdad de los nipones ante los sentimientos (los abrazos de los protagonistas y la escena en la cocina, la más ¿torrida? de la película, me dejaron alucinada. Nunca me acostumbro a esa insensibilidad contrapuesta a nuestra cultura táctil)... Todo ello es mostrado con ese toque a medio camino entre la amargura de la muerte y la dulzura de unos sentimientos que acaban por aflorar.

De nuevo, la técnica al servicio de la historia, con una fotografía luminosa que se sirve de escenarios naturales para crear hermosas postales, con una dirección que se hace notar en determinados momentos, como para sacudir al espectador sutilmente, no vaya a ser que se introduzca demasiado en la hermosa narración.
Una vida que surge de entre las historias de los que se van. Una cinematografía, la japonesa, que resurge de sus cenizas. Dejémoslo estar. Siempre sorprendente. Siempre periferia.
Cuando el público se enfrenta a una película de Michael Haneke suele estar prevenido. El concepto de sadismo a menudo se liga a su obra a pesar de que el propio autor lo rechace. Pero lo cierto es que tras ver historias extremas y dolorosas como las narradas en El vídeo de Benny (Benny´s video, 1992) o Funny Games (1997) se puede comprobar cómo el objetivo no es sino provocar incomodidad en el espectador.
Caché no es una excepción y cuenta con muchas de las premisas básicas de su cine. Una vez más, la historia de una familia es la excusa perfecta para mostrar carencias sociales. Con la alusión a

El uso de un esquema simple, roto por un flashback onírico e imprescindible dado su contenido informativo, ayuda a marcar un tempo in crescendo que deja sin aliento. No se trata de un ritmo trepidante, que no es lo pretendido; Haneke consigue esta intensidad porque nos pone contra las cuerdas sirviéndose de un elemento que tan bien está funcionando a lo largo de su carrera: el mostrar las evidencias de la doblez humana. Nadie está a salvo ante su mirada, el cineasta parece conocer todos los secretos, por muy ocultos que éstos estén, y no duda en sacarlos a relucir aunque sea un ejercicio doloroso. Y logra que el espectador salga pensativo de la sala; remueve conciencias, sí, pero nos deja indefensos porque no ofrece solución alguna. Este demiurgo no juzga, no se implica, se limita a observar y mostrar acontecimientos de una forma un tanto desconcertante para el espectador. Al no intervenir, la sensación de realidad es tal que en ocasiones permanecemos sin saber la respuesta de alguna de las preguntas, como si estuviésemos espiando a través del ojo de una cerradura y nuestro objetivo se moviese constantemente sin dejarnos ver todo lo que sucede tras la puerta.
La acción discurre tranquilamente, sin prisas, y los personajes van mostrándose dejando de lado las máscaras bajo las que se ocultaban en un principio. La fotografía naturalista ayuda a crear la sensación de realidad buscada obviando artificios que no hubieran hecho sino estorbar.
Destaca el papel de Daniel Auteil que, aunque contenido al inicio, cada vez se muestra más desquiciado. El suyo es un personaje absolutamente ególatra, sin principios y cruel. Su evolución es nula y la conclusión, desoladora. No hay aprendizaje posible en un mundo hedonista donde sólo cuenta el bienestar. Se trata de la pretensión última de Haneke, la búsqueda de una reflexión que ha de producirse a la fuerza, porque somos sacudidos con una violencia tal que no podemos cerrar los ojos ante la realidad. Una vez más, el resultado es el ansiado.


Sigamos con la provocación del año: Anticristo (Lars von Trier, 2009). En el anterior post les hablaba del experimento titulado Cinco condiciones como muestra del carácter del cineasta danés que en esta ocasión, y una vez más, demuestra sus paranoias personales. Anticristo es la catarsis absoluta para sus males.
Se trata de un ejercicio que, desde el punto de vista formal, es magnífico. Como ya viene siendo costumbre, la historia se divide en varios capítulos precedidos por un prólogo y cerrados por un epílogo. Y pienso precisamente en el prólogo cuando hablo de la forma, con esas maravillosas imágenes en blanco y negro acompañadas de la increible interpretación de Lascia che´io pianga del Rinaldo (Händel) interpretada por Tuva Semmingsen.
También son destacables las hermosas imágenes del bosque, cuando la "paciente" decide hacer caso a su psicólogo personal y da forma a sus miedos. Miedos adquiridos a partir de una experiencia en la naturaleza que provoca la locura, que no entendemos muy bien pero que está latente desde el inicio, algo de lo que el espectador se va dando cuenta según transcurren los minutos, y eso es lo grave. No puedo olvidar esa fotografía del pequeño calzado al revés, tal vez la imagen más terrible del film pese a las mutilaciones y la sangre que corre a chorretones por doquier (¡qué mal cuerpo, señores!).

Como si de un homenaje hacia de Bergman se tratase, Von Trier inicia la película mostrando la vida de una pareja que ha de superar una experiencia traumática, y la termina hablando de brujería, mujer y naturaleza, todo ello íntimamente entrelazado. La idea me parece interesante, sin embargo he de decir que la puesta en escena es un tanto brusca y se pasa de un inicio pausado, bien llevado a cabo, a un desenlace demasiado acelerado, sin transición alguna. Tal vez sea lo que el cineasta busca, pero pienso que de esta forma pierde la atención de un espectador que se queda con lo escabroso de las imágenes y no se molesta en ver más allá, en escarbar en la piel de ese personaje magistralmente interpretado por Charlotte Gainsbourg (Willem Dafoe no se arreda y demuestra, una vez más, que lo suyo son los caracteres complejos).

Me parece una película magnífica, con una factura impecable, con dos personajes de caracteres sumamente complejos (la tarea para el espectador se presenta ardua pero realmente interesante) pero, insisto, creo que necesita de un tempo más moderado, de un respiro hacia el espectador, de un final menos abrupto y de un epílogo menos carnavalesco (me sobran todas esas mujeres subiendo un monte que más bien parece un homenaje hacia el crístico Dafoe encaramado a su montaña y presto a recitar su sermón una vez más). Tal vez hiera susceptibilidades; yo creo que la locura humana no entiende de eso, actúa y no juzga. No lo hagamos nosotros, no nos quedemos en la superficie. El simbolismo va más allá y, como bien dice ese zorro propio de Saint - Exupéry, el caos reina.
Por último, quisiera hablarles de la última película perpetrada por Isabel Coixet: Mapa de los sonidos de Tokio (2009). Mediante una estética más propia de Won Kar - wai y de las yakuza que de ella misma, la cineasta nos introduce de lleno en el mundo japonés sin escatimar referencias que apestan a tópico y arrastrando a su paso homenajes que le suponen más un lastre que otra cosa.
Como digo, la cosa huele demasiado a referencias hacia autores de culto como el propio Wai, con imágenes calcadas y una banda sonora que pretende emular el buen gusto del chino y que se queda en meras versiones japonesas de clásicos de Edith Piaf (salvo la honrosa excepción de la canción de los títulos de crédito, muestra del buen hacer de Antony, una vez más).
A pesar de ello, se podría decir que la película resulta entretenida y sería hasta bonita si Sergi López no lo impidiese. Y no le echo la culpa a él, que conste, pero hay que decir que Rinko Kikuchi, con su juventud y su frialdad, se lo come con patatas en cada escena. Ella es lo mejor de la película y su personaje lo sería si no se transformase de forma tan radical y no sucumbiese de aquesta forma bajo el influjo del amor (¡qué tendrá SuperLópez que a todas encandila!). Porque esto es algo que queda realmente artificial: una asesina imperturbable, que no confía ni en su mejor y único amigo, se enamora de su próxima víctima en o,2 milésimas de segundo. No sé ustedes, pero yo no me lo creo y, es más, siento que me estan tomando el pelo.
Pese a todo, he de decir que pasé un buen rato en el cine, que estéticamente me gusta la película, que soy fan de Kikuchi desde que la descubrí en Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006) y que me reí mucho con la primera escena del sushi-bar y con esa interpretación de Enjoy de silence (Depeche Mode, 1990). Además no podía dejar de pensar en unas palabras de la directora aparecidas en la revista On Madrid el pasado 28 de agosto. Transcribo:
" ... Los comentarios tras Cannes no fueron muy buenos. Woody Allen ya me advirtió que nunca compitiese en un festival. Pero ya me lo imaginaba, me pusieron bien unas cuantas pelis y ahora toca ponerte mal. Me da igual, la crítica de cine no tiene base teórica."
Nada más que añadir salvo ¡¡¡JAJAJAJAJJAJAJAJAJAJAJAJA!!!
Como nota final, decir que, a pesar de haber visto Up (Pete Docter y Bob Peterson, 2009) y constatar que es una maravilla, no creo que vaya a aportar nada nuevo a lo que se ha dicho en otros blogs. Por eso me abstengo de comentar nada más allá de que no creo que haya manera más bella para contar toda una vida condensándola en unas pocas escenas. He dicho.






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La película está basada en el libro infantil de Neil Gaiman, titulado Coraline y publicado en 2002. La historia es muy apropiada para el trabajo de Selick y - tengo que decirlo, tengo que decirlo - muy burtoniana: una niña que se muestra más adulta y sensata que los propios adultos, un mundo dual que se debate entre el bien / lo correcto y lo aburrido, y el mal / lo incorrecto y la diversión (al principio, claro está).
La animación es estupenda (desde los primeros balbuceos de la stop motion lo es) y los personajes muestran todo un catálogo de tipos, como es costumbre en este tipo de historias con moraleja. La inmersión en el mundo de la atrevida Coraline es total y, en esta ocasión, es precisamente su mundo, el que se debate por salir de la monotonía y la oscuridad, el adecuado (¡nunca unos botones provocaron tanto pavor!).
Siempre recomiendo este tipo de películas porque, además de ser un gustazo para la vista, hacen reflexionar - si uno quiere hacerlo, course - sobre las dualidades que tiene todo en este mundo. ¡Véanla, señores!

Y por último, la película británica Radio encubierta (Richard Curtis, 2009) - atención al título español, ¡qué chispa, madre! ¿Y qué me dicen del original (The Boat that Rocks)? Me mondo. - Curtis lleva a la gran pantalla la historia de un barco - emisora pirata, algo habitual allá por los años 60 en Gran Bretaña, donde la escucha de himnos musicales coreados por el mundo entero estaba mal vista por un determinado sector de la sociedad. Ante esta incomprensible medida se optó por este tipo de experiencias que fueron todo un éxito.

La película cuenta con una banda sonora de lujo ante la cual el espectador no puede dejar de tararear y mover los pies y lo que se pueda en la pequeña butaca de una pequeña sala de un pequeño cine. Porque en realidad el trabajo aquí mostrado se reduce a eso, ponerle imágenes más o menos interesantes a dicha música que, sin duda, es lo más importante del film. Un videoclip en resumidas cuentas.
La película te hace pasar un buen rato porque todo lo que se muestra en ella es divertido, incluso los malos momentos son tomados a guasa por el personal, interpretado magníficamente, eso sí, por un elenco de actores que dan cuerpo a los distintos pinchadicos (¿por qué ya no usamos esta palabra? Desde aquí reivindico que, por lo menos, cuando se hable de una historia de los años 60 se diga pinchadiscos cuando aquí eran las personas que ponían la música en los guateques a los que asistía la generación de mis padres), unos golfos de lo más simpático que te hacen sonreir constantemente.
Y poco más que decir, la verdad. Que está muy en la línea de lo realizado previamente por Curtis y que merece la pena ya sólo por la música (yo ya me he hecho con la BSO y la disfruto enormemente).
Y hablando de música les dejo hasta más leer. Sigan atentos a sus pantallas. Saludos señores.
Unos amigos están empezando a rodar por el mundillo del cortometraje. No os perdáis su ya premiada opera prima, A cuchillo. Intriga, sorpresas... y mucha ilusión.
¡Ánimo chicos!


