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Sigamos con la provocación del año: Anticristo (Lars von Trier, 2009). En el anterior post les hablaba del experimento titulado Cinco condiciones como muestra del carácter del cineasta danés que en esta ocasión, y una vez más, demuestra sus paranoias personales. Anticristo es la catarsis absoluta para sus males.
Se trata de un ejercicio que, desde el punto de vista formal, es magnífico. Como ya viene siendo costumbre, la historia se divide en varios capítulos precedidos por un prólogo y cerrados por un epílogo. Y pienso precisamente en el prólogo cuando hablo de la forma, con esas maravillosas imágenes en blanco y negro acompañadas de la increible interpretación de Lascia che´io pianga del Rinaldo (Händel) interpretada por Tuva Semmingsen.
También son destacables las hermosas imágenes del bosque, cuando la "paciente" decide hacer caso a su psicólogo personal y da forma a sus miedos. Miedos adquiridos a partir de una experiencia en la naturaleza que provoca la locura, que no entendemos muy bien pero que está latente desde el inicio, algo de lo que el espectador se va dando cuenta según transcurren los minutos, y eso es lo grave. No puedo olvidar esa fotografía del pequeño calzado al revés, tal vez la imagen más terrible del film pese a las mutilaciones y la sangre que corre a chorretones por doquier (¡qué mal cuerpo, señores!).

Como si de un homenaje hacia de Bergman se tratase, Von Trier inicia la película mostrando la vida de una pareja que ha de superar una experiencia traumática, y la termina hablando de brujería, mujer y naturaleza, todo ello íntimamente entrelazado. La idea me parece interesante, sin embargo he de decir que la puesta en escena es un tanto brusca y se pasa de un inicio pausado, bien llevado a cabo, a un desenlace demasiado acelerado, sin transición alguna. Tal vez sea lo que el cineasta busca, pero pienso que de esta forma pierde la atención de un espectador que se queda con lo escabroso de las imágenes y no se molesta en ver más allá, en escarbar en la piel de ese personaje magistralmente interpretado por Charlotte Gainsbourg (Willem Dafoe no se arreda y demuestra, una vez más, que lo suyo son los caracteres complejos).

Me parece una película magnífica, con una factura impecable, con dos personajes de caracteres sumamente complejos (la tarea para el espectador se presenta ardua pero realmente interesante) pero, insisto, creo que necesita de un tempo más moderado, de un respiro hacia el espectador, de un final menos abrupto y de un epílogo menos carnavalesco (me sobran todas esas mujeres subiendo un monte que más bien parece un homenaje hacia el crístico Dafoe encaramado a su montaña y presto a recitar su sermón una vez más). Tal vez hiera susceptibilidades; yo creo que la locura humana no entiende de eso, actúa y no juzga. No lo hagamos nosotros, no nos quedemos en la superficie. El simbolismo va más allá y, como bien dice ese zorro propio de Saint - Exupéry, el caos reina.
Por último, quisiera hablarles de la última película perpetrada por Isabel Coixet: Mapa de los sonidos de Tokio (2009). Mediante una estética más propia de Won Kar - wai y de las yakuza que de ella misma, la cineasta nos introduce de lleno en el mundo japonés sin escatimar referencias que apestan a tópico y arrastrando a su paso homenajes que le suponen más un lastre que otra cosa.
Como digo, la cosa huele demasiado a referencias hacia autores de culto como el propio Wai, con imágenes calcadas y una banda sonora que pretende emular el buen gusto del chino y que se queda en meras versiones japonesas de clásicos de Edith Piaf (salvo la honrosa excepción de la canción de los títulos de crédito, muestra del buen hacer de Antony, una vez más).
A pesar de ello, se podría decir que la película resulta entretenida y sería hasta bonita si Sergi López no lo impidiese. Y no le echo la culpa a él, que conste, pero hay que decir que Rinko Kikuchi, con su juventud y su frialdad, se lo come con patatas en cada escena. Ella es lo mejor de la película y su personaje lo sería si no se transformase de forma tan radical y no sucumbiese de aquesta forma bajo el influjo del amor (¡qué tendrá SuperLópez que a todas encandila!). Porque esto es algo que queda realmente artificial: una asesina imperturbable, que no confía ni en su mejor y único amigo, se enamora de su próxima víctima en o,2 milésimas de segundo. No sé ustedes, pero yo no me lo creo y, es más, siento que me estan tomando el pelo.
Pese a todo, he de decir que pasé un buen rato en el cine, que estéticamente me gusta la película, que soy fan de Kikuchi desde que la descubrí en Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006) y que me reí mucho con la primera escena del sushi-bar y con esa interpretación de Enjoy de silence (Depeche Mode, 1990). Además no podía dejar de pensar en unas palabras de la directora aparecidas en la revista On Madrid el pasado 28 de agosto. Transcribo:
" ... Los comentarios tras Cannes no fueron muy buenos. Woody Allen ya me advirtió que nunca compitiese en un festival. Pero ya me lo imaginaba, me pusieron bien unas cuantas pelis y ahora toca ponerte mal. Me da igual, la crítica de cine no tiene base teórica."
Nada más que añadir salvo ¡¡¡JAJAJAJAJJAJAJAJAJAJAJAJA!!!
Como nota final, decir que, a pesar de haber visto Up (Pete Docter y Bob Peterson, 2009) y constatar que es una maravilla, no creo que vaya a aportar nada nuevo a lo que se ha dicho en otros blogs. Por eso me abstengo de comentar nada más allá de que no creo que haya manera más bella para contar toda una vida condensándola en unas pocas escenas. He dicho.






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La película está basada en el libro infantil de Neil Gaiman, titulado Coraline y publicado en 2002. La historia es muy apropiada para el trabajo de Selick y - tengo que decirlo, tengo que decirlo - muy burtoniana: una niña que se muestra más adulta y sensata que los propios adultos, un mundo dual que se debate entre el bien / lo correcto y lo aburrido, y el mal / lo incorrecto y la diversión (al principio, claro está).
La animación es estupenda (desde los primeros balbuceos de la stop motion lo es) y los personajes muestran todo un catálogo de tipos, como es costumbre en este tipo de historias con moraleja. La inmersión en el mundo de la atrevida Coraline es total y, en esta ocasión, es precisamente su mundo, el que se debate por salir de la monotonía y la oscuridad, el adecuado (¡nunca unos botones provocaron tanto pavor!).
Siempre recomiendo este tipo de películas porque, además de ser un gustazo para la vista, hacen reflexionar - si uno quiere hacerlo, course - sobre las dualidades que tiene todo en este mundo. ¡Véanla, señores!

Y por último, la película británica Radio encubierta (Richard Curtis, 2009) - atención al título español, ¡qué chispa, madre! ¿Y qué me dicen del original (The Boat that Rocks)? Me mondo. - Curtis lleva a la gran pantalla la historia de un barco - emisora pirata, algo habitual allá por los años 60 en Gran Bretaña, donde la escucha de himnos musicales coreados por el mundo entero estaba mal vista por un determinado sector de la sociedad. Ante esta incomprensible medida se optó por este tipo de experiencias que fueron todo un éxito.

La película cuenta con una banda sonora de lujo ante la cual el espectador no puede dejar de tararear y mover los pies y lo que se pueda en la pequeña butaca de una pequeña sala de un pequeño cine. Porque en realidad el trabajo aquí mostrado se reduce a eso, ponerle imágenes más o menos interesantes a dicha música que, sin duda, es lo más importante del film. Un videoclip en resumidas cuentas.
La película te hace pasar un buen rato porque todo lo que se muestra en ella es divertido, incluso los malos momentos son tomados a guasa por el personal, interpretado magníficamente, eso sí, por un elenco de actores que dan cuerpo a los distintos pinchadicos (¿por qué ya no usamos esta palabra? Desde aquí reivindico que, por lo menos, cuando se hable de una historia de los años 60 se diga pinchadiscos cuando aquí eran las personas que ponían la música en los guateques a los que asistía la generación de mis padres), unos golfos de lo más simpático que te hacen sonreir constantemente.
Y poco más que decir, la verdad. Que está muy en la línea de lo realizado previamente por Curtis y que merece la pena ya sólo por la música (yo ya me he hecho con la BSO y la disfruto enormemente).
Y hablando de música les dejo hasta más leer. Sigan atentos a sus pantallas. Saludos señores.
Unos amigos están empezando a rodar por el mundillo del cortometraje. No os perdáis su ya premiada opera prima, A cuchillo. Intriga, sorpresas... y mucha ilusión.
¡Ánimo chicos!











Y para celebrar la primera centena de este blog cinéfilo que mejor que dejar de lado por un instante su objetivo habitual, cambiar de regsistro y hablar del resto de las Artes (algo que, por otro lado ya no resulta original ni transgresor en este espacio, pero me gusta).
Y es que necesito hablaros de un señor que me tiene atrapada en su aullido silencioso. Después de El grito de Edvard Munch, es el que Francis Bacon plasma en su obra el que más me atrae. Su pesadilla es subyugadora, inquietante, pero comprensible.
Confieso que nunca me había llamado la atención este artista, que no había sentido su llamada hasta que tuve la ocasión de admirar su obra en el Museo del Prado (no cambies nunca, por favor). No quise escuchar las explicaciones de la audioguía, me negué a tener una explicación previa para poder admirar con los ojos limpios de conocimiento una visión de la vida particularmente pesimista. Y ya lo creo que lo disfruté.


Y tras estas recomendaciones para almas saludables y después de haber aparcado por unos días mis visionados habituales, ahora toca recuperarse y ver los nominados a los Oscar. En breve más y, espero que así sea, mejor.



