

¡Ay! Me siento tan afortunada de poder disfrutar de buen cine... Películas tan increíbles como El golpe (The sting, George Roy Hill, 1973) y El fotógrafo (The Cameraman, Edward Sedgwick, 1928) hacen que la profesión escogida merezca la pena.



Teníamos once películas en nuestra cartera, ávidas como íbamos de cine, de superar así el mono de master que este año no fue. Y no se puede decir que fuesen buenas películas, pero qué se le va a hacer, por el argumento no se puede predecir la calidad del cine. Sin embargo, el poder asistir a sesiones masificadas, como en otros tiempos, me llenó tanto que salí satisfecha, incluso a las
Como no me da la vida para haceros una crítica decente de todas las pelis, me limito a enumerarlas y a deciros cuáles merecen la pena desde mi humilde opinión. ¡Allá vamos!
- Entre os dedos (Tiago Guedes y Frederico Serra): lo único destacable es la maravillosa fotografía en blanco y negro. Por lo demás, no merece la pena.
- The other man (Richard Eyre): no comments. Si lo que queréis es reíros de Banderas y Neesson...
- La belle personne (Christophe Honoré): maravillosa en los enredos adolescentes y con la nouvelle Anna Karina. Léa Seydoux promete y mucho. ¡Ah! Y para fans del estupendo Louis Garrel.
- Frozen River (Courtney Hunt): una de las joyas del Festival. Espero que gane
- Genova (Michael Winterbottom): qué desperdicio hecho con el argumento y con Colin Firth. Super aburrida, de telefilm de Antena 3. Por cierto, me gustaría saber cómo se le pasó lo del casco a Mr. Winterbottom, no lo entiendo.
- Burn After Reading (Joel y Ethan Coen): otra de las películas reseñables del fin de semana, y con la presencia de mi muy admirado John Malkovich. Brad Pitt sorprende y hace que el público se retuerza de risa en su asiento. Para no perdérsela.
- Heaven´s Heart (Simon Staho): interesante film, realizado con cuatro actores estupendos y un decorado limitadísimo. Bergman le nombró su sucesor y se nota.
- Lemon Tree (Eran Riklis): conflicto israelí - palestino con unos limoneros y una mujer de armas tomar por medio. No está mal.
- Amateurs (Gabriel Velázquez): la única película española que íbamos a ver y la mejor cabezada del fin de semana. Un despropósito hecho cine.
- Atlantis (Digna Sinke): nos la vendieron como sorprendente, pero no dijeron si para bien o para mal. Y resultó ser lo último. Una ida de olla futurista que no tiene ni pies ni cabeza. Aún sigo esperando una respuesta para el hombre de los brazos gigantes.
- La rabia (Albertina Carri): ¿para qué tanta brutalidad, tanta crueldad gratuita? Mucha gente se marchó del Kursaal y yo les entendí. Innecesaria mezcla de La caza y Los santos inocentes llevada al exceso.
* Fotografías: bolboreta.
Maravillosa. Este es el calificativo que me viene a la cabeza cuando pienso en
Una historia de dolor, un dolor que se hace cada vez más intenso, tanto que, cuando se acerca el momento en que se descubre la verdad de lo acontecido no quieres que Juliette sea redimida porque el dolor es mucho peor así, cuando una madre hace lo que ella ha hecho por amor. Simple y llanamente. AMOR.
Así que se trata de un film, la opera prima de Claudel (que desde hoy mismo está en mi lista de “interesting directors”. Habrá que seguir de cerca los pasos de este escritor reconvertido en cineasta para seguir relatando imágenes), que encoge el corazón a cada segundo que pasa, en cada silencio, a cada movimiento de cámara que se recrea en los rostros, hermosos pero hechos pedazos, especialmente el de la actriz inglesa, que expresa tanto que duele.
Me gustan los actores (magnífica también Elsa Zylberstein), me gusta la textura de la piel sin maquillajes que enmascaren sentimientos y expresiones, me gusta la luz, la recreación en una historia terrorífica que se desvela paso a paso hasta llegar a lo irremediable… En definitiva, una película necesaria, adecuada para el momento, en la línea de la ya comentada y bien valorada Cuatro meses, tres semanas y dos días (Cristian Mungiu, 2007).
Una reflexión aplicable a otros ámbitos (desde luego) y que demuestra que, a pesar de todo y de todos, je suis la.

The dark Knight. O El caballero oscuro. O Heath Ledger interpretando al mejor Joker que he visto en mi vida (lo siento Jack). Porque, si se me permite la licencia, él es la película, es con su actuación con la que disfruto, a pesar de que el reparto sea de lo más interesante y solvente, todo sea dicho. No pretende esta crítica ser un homenaje postmorten hacia el actor australiano, sin embargo es de justicia darle al César lo que es del César. Y en este caso ha de ser así.
Christopher Nolan firma su segunda incursión en el mundo del comic avanzando un paso más hacia la conversión de la que se inició como una historia oscura en su estética plástica (recordemos el trabajo de Tim Burton y las caracterizaciones de los personajes, con especial interés hacia los villanos multicoloridos) y que culmina con esta película que ahora nos ocupa (a mí porque la escribo y a vosotros porque sufrís su lectura), la más realista de la saga y, sin embargo, la más profunda y oscura. Esta vez se ahonda un poco más en la complejidad del personaje de Bruce Wayne y se le da un poco más de protagonismo a los secundarios, que ya no lo son tanto (buenos trabajos los de Gary Oldman, Morgan Freeman y Aaron Eckhart). La noche debía ser oscura y Batman le aporta ese toque de descenso a los infiernos que impregna el film durante las cerca de dos horas y media que dura.
La película es espectacular, en la línea de las adaptaciones que surgen de los comic, con buenos efectos especiales, sorpresas, momentos inesperados… y caos, mucho caos, siempre provocado por un personaje, el del Joker, defendido por un actor, Heath Ledger, que decidió poner en práctica las enseñanzas del de las cicatrices con un final inesperado. “¿Por qué estás tan serio?”

Son varias las películas vistas en este intervalo, por lo que la reseña será breve y conjunta para no agotar las neuronas del personal que tan amablemente me lee.
Cuatro meses, tres semanas, dos días (Cristian Mungiu, 2007). Qué decir de este inmenso film rumano, hecho con pocos medios pero con un potencial tan abrumador que te arruga el alma hasta extremos inimaginables. Que me encantó, que salí echa polvo pero feliz de poder pensar en la sala cinematográfica, una vez más, aunque siempre a pesar de los desafortunados comentarios de los vecinos de atrás. Su director Cristian Mungiu, se arriesga con una historia poco alejada de lo cotidiano, en principio, pero que te va dejando de piedra según se desarrolla. No os perdáis la escena final, aunque la señora de detrás se quedó de una pieza: “Pero, ¿ya?” Os dejo con la intriga.
Lo mejor de mí (Roser Aguilar, 2007). Otra peli triste, qué se le va a hacer, que me gusta sufrir, por lo visto y lo ya comprobado. En este caso es la opera prima de Roser Aguilar y la chica promete. Con un reparto bien medido (grande Marián Álvarez) y un argumento enternecedor, me sentí atrapada desde el primer instante en este cuento de amor que acaba… No voy a ser malvada, sólo os digo que, de nuevo, el final es lo mejor y no porque sea el fin, precisamente. Es una historia de dos pequeña y preciosa que os recomiendo. Por cierto, que creo adivinar una nueva forma de hacer cine en Cataluña. Atentos a los movimientos de cámara y a la luz azulada que baña las escenas; a mí me remiten a Tu vida en 65 minutos (2006), de la también catalana María Ripoll.

Rebobine, por favor (Michel Gondry, 2007). Por fin, la película cómica que mi emotividad estaba buscando para descansar un poco las glándulas lacrimales de la tristeza y poner a funcionar las de la carcajada. Los que me seguís desde hace tiempo sabéis que Gondry me gusta especialmente gracias a su poderosa imaginación desbordante, pero es que esta vez se supera al conseguir la risa en cada uno de los fotogramas que componen este homenaje al cine y al formato VHS. Por supuesto, ¡Olvídate de mí! (2004) sigue siendo mi peli favorita del cineasta francés, sin embargo, lo he pasado genial viendo a Jack Black en su salsa, junto con Mos Def y un reparto de secundarios de lujo: Mia Farrow, Sigourney Weaver, Danny Glover… No os la perdáis.

Todos estamos invitados (Manuel Gutiérrez Aragón, 2007). Y por último, la cagada del mes. Siento ser tan explícita, pero es que me da hasta pereza hablar de ella. ¡Qué mala, por Dios! Nada más empezar ya estaba pensando en salirme de la sala, con ese inicio marcado por una música hitchcockiana terrible, pero quise aguantar por ver el trabajo de Jaenada, qué más me hubiera valido irme y seguir teniéndole en estima. ¿Y qué decir de Coronado, con su cara de bífidus permanente? Es que si dijésemos que el guión es bueno, la dirección, la música… yo qué sé. Pero es que no hay nada salvable, salvo el fundido en negro que supone el alivio supremo. En serio, no vayáis a verla, de verdad.
Y esto es todo por hoy. Espero poder actualizar en breve, y con la crítica de un film que aguardo ansiosa como agua de Mayo: Lars y una chica de verdad (Craig Gillespie, 2007).
THE END.

Como si de un nuevo Nosferatu se tratase, sediento esta vez de venganza y, por qué no, de cuellos y sangre que se derrama dejando a su paso reflejos fosforescentes. Así nos presenta Tim Burton al barbero diabólico de la calle Fleet, embarcado en un velero y embriagado por una rabia acumulada durante quince años.
Con una escena que para mí es de lo mejorcito de la película. Así comienza la cacería que nos han preparado los Coen, mezclando un poquito de cada género para trasladar el libro de Corman McCarthy a la gran pantalla (¿pero eso sigue existiendo?). Quiero empezar este breve reseña con los actores, que están sobresalientes a lo largo de todo el film, destacando Josh Brolin, que parece que empieza a escoger buenos papeles. Bardem da verdadero miedo en ocasiones, con esa pinta de psicópata que más sabe por diablo que por viejo. No sé si le otorgarán el Oscar al Mejor Actor de Reparto, pero su actuación nos devuelve al Bardem en estado puro que tanto me gusta (y es que su físico le condiciona, y eso debería saberlo - véase Mar adentro, 2004).
Lo que más me ha gustado es la excelente fotografía de Roger Deakins que nos traspasa al salvaje oeste, aunque nada más empezar la película se me ocurre la comparación con La caza (Carlos Saura, 1966) y reafirmo mi impresión de que, en ocasiones, el blanco y negro puede traspasar la pantalla y recrear el sol de pleno, el agobio y la asfixiante sensación de estar asistiendo a una cacería humana mejor que todos los colores del arco iris.
Sin embargo, el preciosismo de esos clarosocuros tan bien escogidos me deja embobada.
Me gusta la mezcla de géneros (nunca me ha parecido que haya nada que reprochar), me gusta el estilo bronco de la imagen y de la historia, me gusta el reparto y su labor… En general salí del cine con buen sabor de boca quitando un par de diálogos de relleno y algún tiempo muerto, no obstante un poco molesta por una escena más que previsible que no debería desvelar ocultándome en un spoiler. Y aquí sí que coincidimos, querido Iban. Y es que Bukowski tenía razón.


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Ayer por la noche me frotaba las manos complacida por el estreno televisivo de El perfume (Tom Tykwer, 2006), sólo un año después de que me la perdiera en las carteleras. No he leído el libro y por eso estaba bastante expectante. Hoy creo que ni el libro me voy a leer (es algo que suelo hacer: ver primero las adaptaciones cinematográficas y luego leerme las obras. No preguntéis por qué, pero es un reto para la imaginación).


Qué mejor compañía para una tarde ociosa que el insuperable "Buster" Keaton. El su-realismo que impregna cada una de las películas en las que participó, ya fuera sólo como actor o con el añadido de una buena dirección, hace que siempre merezca la pena revisar esas comedias que de puro absurdas logran que la sonrisa no se despegue de los labios del espectador durante los minutos, siempre escasos, que duran. Para mí nunca hubo otro mejor, por encima del genial Charles Chaplin o Harold Lloyd. Sus acrobacias, aprendidas en una infancia circense, y que casi le cuestan la vida en una ocasión en la que se partió poco menos que el alma, ponen de relieve un arte especial para el humor, acompañado de esa máscara impenetrable que era su rostro, que yo imagino así en su vida cotidiana y que hace que me guste siempre un poco más. En Las siete ocasiones todas las mujeres le rechazan antes de saberle un rico heredero. Yo le hubiese aceptado antes de recoger los millones.